"Existo. Es algo tan dulce, tan dulce, tan lento. Y leve; como si se mantuviera solo en el aire. Se mueve. Por todas partes, roces que caen y se desvanecen. Muy suave, muy suave."

miércoles, 20 de julio de 2016

Tengo tres lunas y una estrella.

En mi cielo nocturno orbitan tres lunas y una estrella.
La luna verde fue la primera en aparecer. Es algo pequeña, de menor tamaño al resto, y suele pasar desapercibida ante los ojos de los mortales. Pero esta luna brilla con una luz única, cálida. Su ciclo es estático, siempre en el mismo sitio, siempre hacia la misma dirección. La luna verde es algo que no cambia, eso que siempre permanece, eso a lo que puedes recurrir cuando te pierdes en la noche. Al contemplar a la luna verde uno se siente como en casa, siente el significado de la palabra hogar; la luna verde es ese hermano que por mucho tiempo que pase sigue ahí.
Luego vino la luna roja. Grandiosa y exuberante, toda una joya. Cuando aparece, todos los mortales dirigen su mirada al cielo, y no precisamente por su atracción natural, es por como se siente uno por dentro al contemplarla. Al mirar a la luna roja uno gana confianza, cree tener las respuestas a todas las preguntas del universo. Su ciclo es peculiar, aparece una vez cada tiempo indeterminado, por eso para encontrarla hay que mirar al cielo todas las noches todos los días del año. A veces se observa durante una semana, a veces no aparece durante meses.
Después de ella me fije en la luna color púrpura. Llamativa como su nombre mismo, y de impecable atracción natural. A primera vista parece similar a la luna verde, es un astro pequeño, eso no se puede negar, pero desprende un aura de tonalidades cada vez más intensas. Su ciclo varía a lo largo de la noche: puede parecer una sombra casi imperceptible hasta ser un volcán en explosión. La luna púrpura al mirarla te trasmite vida, sentimientos. Es eso que sientes cuando te emocionas, cuando la vida parece gritar de alegría pero también cuando llora melancólica.
Me sentí protegida por mis tres lunas durante años. Y de repente gracias a ellas, a su ciclo, a mirar constantemente el cielo en su búsqueda me percaté de una estrella. Y pensaréis: ¿Qué tiene de especial una estrella al lado de una luna? La estrella era una nómada, volaba libre sin que nada la deteniese. Me asombró muchísimo su modo de vida, tan diferente al de las lunas pero a la vez tan similar. Las lunas eran más sólidas que la estrella, las conocía mejor y no eran simplemente polvo. La estrella era polvo iridiscente. Aparecía en la noche como un guía o como alguien que hace una vigilia. Brillaba dando tumbos de un surco a otro del cielo hasta que salía el sol y se le perdía la pista. Las lunas a pesar del sol seguían ahí, las notaba, las sentía.
La estrella un día dejó caer parte de ella misma en forma de meteoro. Fui capaz de captar su esencia. Muchos en mi lugar habrían sido codiciosos pero yo me conforme con llevarla al cuello.
Desde entonces mi vida gira entorno a tres lunas y una estrella. Cada una pieza fundamental de mi noche y de mi cielo.