"Existo. Es algo tan dulce, tan dulce, tan lento. Y leve; como si se mantuviera solo en el aire. Se mueve. Por todas partes, roces que caen y se desvanecen. Muy suave, muy suave."

domingo, 1 de marzo de 2015

Qué soy y por qué quiero ser.

He decidido ponerme a prueba, encerrarme en mi interior y hablar conmigo misma. Juego con ventaja.

La pequeña Águeda de mi interior al verme llegar sonríe, no tiene ni idea de lo que le espera, ¿merecerá la pena? - pienso. Hay tantas cosas que quiero preguntarle, tantas dudas no resueltas, tantos problemas que requieren una respuesta... Me acerco más a ella. Puedo notar su olor, tiene un olor dulce pero fresco. El pelo enmarañado, suelto sin orden lógico. Su sonrisa está torcida, los labios no se curvan siguiendo una parábola idéntica, y los dientes son demasiado grandes para su edad. En las manos tiene una libreta, la libreta de la memoria. Amante de las noches, desertora de la luz del sol.

Me siento en el suelo, frente a ella. Quiero comenzar con algo sencillo para que no huya de mí. 

- ¿Por qué el naranja como tú color? - le pregunto. Ella sonríe pícara y se retuerce haciendo ruiditos de emoción.

-¡Fácil! Es un color cálido pero no demasiado. Te hace sentir acompañada, y te sobrecoge en su manifestación natural. ¡Te encanta el fuego y las puestas de sol! Dices que los amaneceres nunca serán tan hermosos cómo los ocasos porque los secretos que ocultan estos últimos lo hacen más especiales.

- Sonrío. Me conoce mejor que yo misma, paradójico, supuestamente yo soy ella, y ella era yo. ¿Por qué te gusta escribir?

- ¡Sigue siendo fácil! No te gusta escribir como algo que dar al mundo, nunca te sientes orgullosa de lo que creas. Escribes porque aunque sea mínimamente consigues plasmar algo de lo que ves, o de lo que sientes. Además eres capaz de escribir tan rápido como piensas, limitándote el error que te supone eso en el habla.

- Adentrémonos en algo más complejo, ¿quieres?. Águeda da palmadas de aprobación. Se pone de pie y salta, cae al suelo y me mira de nuevo.

- ¿Por qué ese sentimiento de inferioridad?

Águeda se queda perpleja. No esperaba esa pregunta. Se le ve indecisa. Abre lentamente el cuaderno de la memoria y hace una mueca de disgusto. - Es culpa de algunas experiencias pasadas, relacionadas con la propia imagen de ti misma que has ido creándote. Ya sabes controlarlo, pero en las noches más débiles, cuando el calor del sol deja de acompañarte, vuelve. 

Mi mente se destroza. Cómo he podido pasar de ser aquello que contemplo a lo que soy ahora. ¿Dónde dejé la inocencia y la fortaleza? - ¿Qué es lo que me da más miedo?

- ¡Algo más difícil por fin! -dice casi aliviada - Te asusta la muerte, pero porque crees no ser capaz de dejar huella en vida, en realidad, te asusta el olvido. Te asusta ser reemplazable. En mayor medida, te asusta la soledad, pero la soledad vital, el jamás ser capaz de conectar con nadie. Te asusta vivir estáticamente, sin emociones, sin desilusiones, sin experiencias; pero sobretodo sin poder compartir nada de eso. Aunque ante esa pregunta tu sueles responder: la muerte, en sí, siendo esto una falacia. 

- ¿Por qué intento sacar buenas notas? 

- Aparte del impertinente deseo innato de estudiar medicina, es la única forma que tienes de reconfortarte a ti misma. Es la única forma de sentirte útil, y de hacer desaparecer el sentimiento de inferioridad durante unos míseros instantes. 

-¿Por qué medicina?

-Eso es algo que ni tú misma sabes bien -ríe. Es porque te sobrecoge saber el funcionamiento de nuestro organismo, crees que es una especie de universo en continuo cambio. Adoras ser capaz de comprender lo que ocurre en tu interior, quizá como un intento ahogado de entenderte a ti misma o quizá como un intento de ser capaz de tener utilidad ante una circunstancia dónde el resto entraría en shock.

Empiezo a ponerme muy nerviosa. No siento los pies. Necesito aire. Todo me viene de golpe, y me aplasta. ¿Por qué me abandonaste? -sollozo. - ¿A dónde te fuiste? ¿Dónde estás cuando te necesito? -grito. - Sin ti apenas soy lo que era, y dejo de ser lo que soy. ¡Estoy vacía! 

Águeda me mira sorprendida, quizá algo confusa. Está de cuclillas agarrándose los talones con los brazos y balanceándose hacia delante y hacia atrás. ¿Por qué no me responde? ¿A que está esperando? Se pone en pie. Avanza hacia mí decisiva. La imito, me incorporo. Al llegar junto a mí,  me sonríe vagamente. 

- No te he abandonado, Águeda. Eres tú la que me reprime en este lugar. Siempre he estado aquí, sola. Siempre he estado aquí esperándote. He estado aquí cuando me has necesitado, y también cuando te has olvidado de hacerlo. No tengo la culpa de ese vacío, de que sin mí no seas y dejes de ser lo que eras. 

-¿Entonces? - le digo casi en un susurro. - ¿Qué me pasa?

- Tienes puesta una máscara, yo soy tú y tú eres yo siempre al ocaso. Pero tienes otro miedo, un miedo impuesto por la sociedad. El miedo de la normalidad, el impuesto de la mediocridad. La gente teme a lo distinto, a lo único o lo que se coloca sin quererlo fuera de los límites de control. Al despertar te colocas esa máscara, dejándome salir en contadas ocasiones. Consiguiendo escapar aún un menor número de veces. - se acerca y me agarra la mano. - ¿Pero sabes qué? No deberías ocultarte tras esa máscara. No deberías dejarme aquí. Eres yo, deja al mundo disfrutar de esa maravillosa creación al azar. Haz que tus peculiaridades dejen de ser un impedimento. Vuelve a ser lo que eras. 
Sé lo que eres, y no lo que quieren que seas.

Águeda y yo nos fundimos en un abrazo. Todo se volvió naranja, y yo me sentí absurdamente plena. Sentía que una vieja amiga se había unido a mí, cuando mi primera intención aquel día fue deshacerme de ella. A veces sin querer la vuelvo a encerrar, pero sé que para volverla a encontrar sólo tengo que pensar. Pensar qué soy y por qué quiero ser.