"Existo. Es algo tan dulce, tan dulce, tan lento. Y leve; como si se mantuviera solo en el aire. Se mueve. Por todas partes, roces que caen y se desvanecen. Muy suave, muy suave."

domingo, 11 de enero de 2015

Cuando todo se vuelve rutina.

Mi peor aliado es el horario y la organización. El poner dentro de unos límites mi propia existencia y que todo se rija por las agujas de un reloj. 

Nunca he sido una persona especialmente organizada, hasta hace poco todo lo que me rodeaba tenía una tendencia caótica y desfasada, pero las circunstancias han cambiado. Supongo que esto es lo que llaman un paso a la madurez (o al aburrimiento) el llevar una constancia en tu trabajo y limitar tu tiempo de ocio (con todo lo que conlleva).. He de decir que a veces se torna insoportable. No creo que mi espíritu sea un alma con un gran sentido del tiempo y lo que significa el orden por lo que todo me cuesta el doble de trabajo. Es cierto que cuando uno es organizado y cumple unos objetivos que el mismo se marca se siente absurdamente realizado y útil, somos idiotas al fin y al cabo.

Lo que peor llevo es el tiempo, y el no tenerlo. Odio que el tiempo que antes me parecía un invento social inservible y el cual desperdiciar era mi meta hoy sea una cárcel. El tiempo es todo aquello que te apresura, te agobia y no te deja escapar de sus garras. Además es aquel que te recuerda que no está dispuesto a dejarte leer en paz, a disfrutar de una buena película sin remordimiento o al pasar un fin de semana entero viendo una serie hasta en la ducha. 

Madurar apesta, o el sistema apesta. Ambos. Estoy harta de que estudiar sólo parezca servible para conseguir cierta nota y que el aprender desaparezca de toda boca. ¿Dónde queda el saber por saber? ¿Aquello donde el tiempo no era una cárcel? Nos volvemos máquinas que sólo saben calcar unos límites, y todos los que no los calcan son tachados de raro. Evita gritar muy alto que te encanta algo fuera de lo común o que tu aspiración un fin de semana es algo más que pasar el tiempo (que te falta) bebiendo hasta perder el sentido. Es entonces cuando todo se vuelve rutina: la serie de los viernes, el libro de las noches y el sentarte a mirar las estrellas. Por culpa del tiempo, de los límites, apenas queda nada sorprendente en mi vida (aunque gente sorprendentemente hueca hay a raudales).

Y es que, de nuevo, mi mera existencia esta marcada por unos límites que todos parecen aceptar ciegamente, un reloj que no para de girar y una mente que sólo quiere pensar (y no estudiar).

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